Ayer, oficialmente, finalizaban los tres meses de duración de la Exposición Internacional de Zaragoza 2008. En una ceremonia, a mi parecer cutre, en la que primó más sacudir la bienaventurada imagen de sus majestades y de todos los apestosos ricos que se han beneficiado de ella (que por cierto, son los que me han pagado) que de dar al pueblo, que es quien la ha visitado, un buen colofón. Fuegos artificiales de verbena. Muchos, correcto, pero de verbena.He tenido la oportunidad de trabajar en la EXPO. De algún modo si mis hijos me preguntan si yo estuve allí les podré decir que si. En el pabellón de la Santa Sede.
He intentado tomármelo como un trabajo de verano. Y lo he conseguido. Visité varios pabellones por puro instinto de turismo, que mi padre bien ha hecho en inculcarme, pero nada más. Con lo que he disfrutado ha sido con la gente que he conocido, aunténticos amigos ya consagrados.
Con la despedida de la EXPO hubo que despedirse de ellos, y así fue. Despedirme de la muestra fue extraño. Estoy orgulloso del crecimiento que ha sufrido mi ciudad, y confío plenamente en que no seamos tan zopencos de fastidiarlo ahora. No sé, prefiero tener un campo empresarial, en el que mostrar esperanzado que también tenga su espacio para la cultura, a tener un descampado.
En fin, han sido tres meses en los que me he quitado la verguenza un poquito, en los que he aprendido que hay jerarquías irreductibles, en las que he sabido sacarme las castañas del fuego y en los que he conocido personas que me han marcado a fuego.
Quiera o no, siempre recordaré a EXPO2008










